Barilochejueves, 27 de agosto de 2026
Política

La pérdida territorial de Río Negro frente a Neuquén: una derrota silenciosa con consecuencias millonarias

Río Negro perdió 1.976 km² frente a Neuquén durante la dictadura de Onganía, territorio hoy clave en el desarrollo hidrocarburífero argentino.

Por Redacción Bariloche Diario··4 min de lectura
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La pérdida territorial de Río Negro frente a Neuquén: una derrota silenciosa con consecuencias millonarias

Hay derrotas que transcurren en silencio, entre expedientes y decretos, pero cuyas consecuencias pueden condicionar el destino de una provincia durante generaciones. Eso fue lo que ocurrió con la pérdida territorial que sufrió Río Negro en favor de Neuquén, una derrota imperceptible en su momento pero cuya verdadera dimensión se hace evidente hoy, cuando sobre ese territorio se asienta parte del desarrollo energético más importante del país.

El escritor y político Pablo Fermín Oreja reconstruye este episodio en su libro "La provincia perdida" (1996), una investigación imprescindible para comprender uno de los capítulos más trascendentes y menos conocidos de la historia institucional rionegrina. Oreja, oriundo de General Conesa y convencional constituyente en 1957 por General Roca, demuestra con leyes, decretos, mapas y documentos oficiales cómo Río Negro perdió parte de su territorio durante la dictadura de Onganía, sin generar una reacción proporcional al daño causado. El decreto-ley del gobierno de facto consolidó un error en la traza del límite meridional que se remontaba a los tiempos de los antiguos territorios nacionales.

Según documenta el autor, el trazado incorrecto del meridiano 10° Oeste permitió que Neuquén afirmara la posesión de aproximadamente 1.976 kilómetros cuadrados que históricamente pertenecían a Río Negro. Se trata de un sector ubicado en el extremo noroeste de la provincia, entre los ríos Colorado y Neuquén, que luego fue incorporado al área de mayor desarrollo hidrocarburífero de la Cuenca Neuquina. Cuando Oreja publicó su libro, aquella controversia todavía podía parecer una mera discusión limítrofe. Hoy, el tiempo reveló que sobre esos territorios se asentó una parte significativa del desarrollo energético argentino: petróleo, gas, regalías, infraestructura, empleo, conocimiento tecnológico e inversiones por miles de millones de dólares.

No puede omitirse el lugar que esta cuestión ocupó en la agenda del gobernador Mario José Franco y, especialmente, de su ministro de Gobierno, el doctor Jorge Félix Frías. Su paso por la administración provincial quedó interrumpido con el golpe de Estado de 1976 y, con él, se truncaron las políticas que impulsaban para revitalizar el reclamo por ese diferendo, cuando aún era relativamente reciente la decisión adoptada durante la dictadura de Onganía, principal responsable político de la norma que favoreció a Neuquén.

El verdadero aporte del libro de Oreja no consiste solamente en demostrar qué territorio perdió Río Negro, sino en ayudar a comprender por qué lo perdió. Durante décadas, la dirigencia rionegrina se gobernó como si cada administración pudiera inaugurar una época nueva, como si el talento individual bastara para reemplazar una estrategia colectiva. Se confundió proyecto de poder con proyecto político, imaginando que bastaban hombres brillantes cuando lo que la historia exigía eran instituciones empoderadas, persistentes y preparadas para interpretar el porvenir.

Neuquén recorrió exactamente el camino inverso. Comprendió que el descubrimiento de los hidrocarburos modificaría para siempre el destino económico del norte patagónico y decidió construir una provincia preparada para aprovecharlo. Creó el Consejo de Planificación y Acción para el Desarrollo (COPADE), concebido como una herramienta permanente de planificación estratégica capaz de proyectar políticas públicas más allá de los cambios de gobierno. Al mismo tiempo, impulsó la creación de la Universidad Nacional del Comahue, que se convirtió en uno de los principales centros de producción de conocimiento científico y técnico de la región.

Una institución pensaba el futuro; la otra preparaba a quienes debían construirlo. Así se consolidó lo que sus actores llaman la "neuquinidad": una síntesis que expresa la institucionalización de un proyecto de provincia concebido hace más de sesenta años. Esta continuidad política poco frecuente en Argentina permitió que Neuquén concentrara organismos nacionales, empresas energéticas, servicios especializados, centros financieros, infraestructura, investigación científica y capacidad de decisión, transformándose en la capital no declarada del noroeste patagónico y de la región del Comahue, ejerciendo un liderazgo económico y político sobre un espacio que comprende todo el Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

Sería injusto afirmar que en Río Negro nadie advirtió el problema. Oreja recuerda que el gobernador Edgardo Castello promovió el trazado correcto del límite meridional mediante el decreto 1835 del 10 de agosto de 1961. El mismo Oreja presentó en 1964, como diputado nacional, un proyecto de ley destinado a restablecer el límite histórico entre ambas provincias. Todos esos esfuerzos merecen reconocimiento, pero ponen de manifiesto la diferencia decisiva: en Río Negro aparecieron dirigentes lúcidos; en Neuquén surgieron instituciones capaces de convertir esa lucidez en una política de largo aliento. Mientras Río Negro acumulaba iniciativas individuales, Neuquén construía una política de Estado en todos los frentes.

Por eso "La provincia perdida" trasciende largamente la discusión sobre un límite interprovincial. Es, ante todo, una extraordinaria reflexión sobre los costos que pagan las sociedades cuando dejan de pensar estratégicamente en el largo plazo.

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